
MI TIO Y EL MONTE EVEREST
Primo Rojas 07 de abril de 2021
Mi tío amó el monte Everest en su juventud y de hecho pasó allí mucho tiempo. Más del conveniente, dirían las mujeres de la familia. Obviamente, para las mujeres de entonces el monte Everest no tenía el atractivo misterio que sí tenía para muchos hombres de aquella época. Para mi tío, el monte Everest se convirtió en una pasión devoradora que casi arruinó su vida. Y es que en la familia hubo un tiempo en que hablar de mi tío era hablar de sus continuas excursiones allí. Parece que esas excursiones eran muy costosas, injustificables e improductivas, según la mayoría de la familia, que era gente corriente sin el más mínimo espíritu de aventura, o cuyo espíritu de aventura no iba mas allá de enviar a sus hijos a estudiar el extranjero, como me enviaron hace muchos años a Londres, quizás para no contraer el espíritu de aventura de mi tío, y donde siempre me quedé. Así, una aventura material y espiritual como la del Everest no cabía en un campamento humano tan estrecho y tan apegado a las convenciones rutinarias del día a día.
El monte Everest era un cafetín en el centro de Bogotá, con música de tango, aires de arrabal, mujeres divinas que no sabían leer ni escribir, y ejercían su oficio de hetairas sin nobleza y sin alma, pero con la alegría suficiente como para hacerles creer a los hombres, después de beber tres botellas de aguardiente en su compañía, que ellas, como los sherpas de Nepal, aunque con menos esfuerzo, podían transportarlos de una manera feliz y misteriosa a la cálida cima de este mundo.

